Toreando el ego ajeno

Dado que la sociedad moderna está repleta de personas descentradas no te queda más remedio que cultivar el arte de «torear el ego ajeno». Es decir, lidiar con estos individuos de tal manera que no te ofendas por nada de lo que digan o hagan. Y a su vez, no hacer ni decir algo que pueda ofenderlos… Y puesto que suelen oscilar entre los estados naranja y rojo -en modo supervivencia egoica-, la mejor forma de proteger tu paz interior e inmunizar tu salud mental es vivir en verde. Es decir, conectado con tu verdadera esencia. Si no gozas de energía vital ni consciencia y te topas con alguno de ellos, acabarás sucumbiendo. Su ego es especialista en poner a prueba el tuyo. Debido a sus conflictos internos no resueltos buscan provocarte para hacerte reaccionar, dándoles cualquier excusa para canalizar su malestar contigo.

Pongamos que asistes a un encuentro social durante el que has de compartir un buen rato junto a una persona descentrada. Enseguida reconoces que se encuentra en un estado naranja rojizo. Básicamente porque nada más presentarse ya ha soltado un par de comentarios bruscos y sentencias afiladas, sacando a relucir el tamaño de su ego… Recuerda que al estar cegada por el yo es imposible que sea consciente de su sombra, haga autocrítica y asuma su parte de responsabilidad. Y mucho menos que esté abierta para dialogar y razonar contigo de forma madura y constructiva. Debido a su nivel de enajenación mental lo único que puedes hacer es torear su ego sin que se dé cuenta de que lo estás toreando. Y para ello es fundamental que lleves a cabo las siguientes tres estrategias de imperturbabilidad.

La primera consiste en practicar la «escucha empática». Es decir, vaciarte de ti hasta el punto en el que tu propio ego desaparezca mientras escucha. Al hacer esto, evitas tomarte lo que el otro diga de forma personal. Tu mayor reto es no sentirte atacado ni agredido, que es precisamente el objetivo de la persona descentrada. No te quedes con el contenido de lo que dice. Ni tampoco con su forma de expresarse. Si escuchas más profundo -y miras un poco más allá- verás a un ser humano herido y en guerra consigo mismo. Parece que quiere hacerte daño, pero en el fondo lo que busca es desahogarse porque está dolido. No lo hace intencionadamente. Y tampoco sabe hacerlo mejor. Está siendo víctima y verdugo de su malestar interior.

Al escuchar de este modo no solo muestras compasión, sino que evitas ser arrastrado por su turbulencia emocional. Y en ese estado descubres lo absurdo que es tratar de tranquilizar a la persona descentrada, darle tu opinión, entrar en discusión u ofrecerle algún consejo. Por el contrario, guarda silencio y respira conscientemente. Deja que el otro exprese su frustración mientras tú permaneces sereno e impasible, como si fueras una roca en medio de un río caudaloso. Cualquier cosa que digas la recibirá de malas formas y acabará usándola en tu contra. Como mucho valida sus emociones de manera neutral, aunque no estés de acuerdo con lo que dice. Sorprendentemente, cuando la otra persona siente que su desahogo es escuchado y aceptado -sin resistencia ni juicio- su tormenta emocional empieza a calmarse. Así es como se alivia su sufrimiento.

Conviértete en un «conversacionista»

La segunda estrategia consiste en convertirte en un «conversacionista». Es decir, en alguien que hace ver que está manteniendo una conversación cuando en realidad es un «bodriólogo»: un monólogo insustancial que resulta ser un bodrio para quien la escucha. Dado que tu interlocutor está tan lleno de sí mismo carece por completo de empatía. Y en ningún momento se da cuenta de la chapa que te está pegando. Ni tampoco de cómo te puede estar hacer sintiendo. Su único afán es seguir vomitando -cual autómata- el contenido psíquico de su mente. Y su narcisismo le impide parar de balbucear e interesarse por ti.

Ser un conversacionista consiste en darle pases para que el otro hable de lo que le haga sentir bien, haciéndole preguntas que intuyas que va a disfrutar contestando. Y no bajes la guardia. Ni se te ocurra sacar algún tema que pueda incomodarlo, cuestionarlo o confrontar su sistema de creencias. Eso tan solo provocaría una reacción airada por su parte, poniéndote en una delicada situación. Las personas descentradas suelen ser muy dogmáticas e intransigentes: están convencidas de que su forma de pensar es la forma de pensar y que quien piense de manera diferente está equivocado. Son incapaces de respetar cualquier opinión o punto de vista distinto al suyo. Tienden a tomárselo como un ataque personal y no dudan en volcar toda su ira contra ti.

Esta es la razón por la que es muy importante que emplees la tercera estrategia de imperturbabilidad: la «herramienta de amor». Y ésta consiste en no compartir información que sepas que puede despertar el ego de tu interlocutor. Aunque se parezca, no es una mentira piadosa. Principalmente porque esta omisión consciente y voluntaria no la haces para complacerte a ti, sino por el bienestar del otro. A ti te gustaría mostrarte honesto, vulnerable y auténtico. Más que nada porque sabes que es la única forma de conectar genuinamente con otro ser humano. Sin embargo, actuando de este modo solo vas a conseguir entrar en conflicto con la persona descentrada, la cual es incapaz de aceptar y sostener cualquier idea que difiera a su neurótica narrativa mental. Así es como te ahorras un conflicto que no beneficiaría a ninguno de los dos.

Salir airoso de un encuentro con una persona descentrada no es fácil. Implica domar al ego, que suele tener la pulsión de sentirse juzgado, expresar lo que piensa y tener la razón. Cada vez que consigues no perturbarte ni entrar en conflicto con este tipo de individuos es una victoria sobre ti mismo. Eso sí, en caso de sucumbir no te machaques. Aprovéchalo como una oportunidad para ver qué sombra no iluminada te está reflejando. Y sigue practicando. Llegará un día en el que incluso disfrutarás de torear el ego ajeno, sabiendo que nada ni nadie pueden hacerte perder tu paz interior.

Dos no se pelean si uno no quiere.
PROVERBIO ESPAÑOL

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