Los errores no existen

El segundo peldaño en la ascensión hacia la cima de la «inteligencia espiritual» es la «compasión». Una vez has salido de ti y entrado en el otro, esta habilidad te lleva a ver la ignorancia, el miedo y el dolor que hay detrás de las personas descentradas. Solo así puedes comprehender la raíz desde la que surgen sus actitudes egocéntricas frente a la vida, así como el resto de decisiones neuróticas y conductas disfuncionales que llevan a cabo en su día a día. La compasión es lo contrario al juicio. Al ver la batalla que estos seres humanos están librando en su interior se te quitan las ganas de criticarlos y demonizarlos. Así es como dejas de tomarte el comportamiento de los demás como algo personal, despertando en ti un sincero afán de aligerar su sufrimiento para que se sientan un poco mejor.

La compasión te limpia la vista y te permite mirar con rayos X, viendo con más profundidad lo que acontece frente a ti. Te hace comprender que las personas descentradas son las que más sufren. El ego las tiene totalmente hipnotizadas con relatos mentales negativos y destructivos que las mantienen esclavas de su victimismo, hiperreactividad y perturbación. Están tan cegadas por su amargura que no son capaces de ver a nadie más que a sí mismas. Es como si permanentemente padecieran un agudo dolor de muelas, el cual las incapacita para pensar en otra cosa. Y es que nunca estás más lleno de ti mismo como cuando sufres. Solamente la verdadera felicidad te permite desprenderte de ti. Mientras que el sufrimiento te ata al ego, ser feliz te libera de él.

Más allá de los juicios egoicos, la compasión te revela que todo el mundo lo hace lo mejor que sabe en base a su nivel de consciencia, su estado emocional y su grado de comprensión. Piénsalo bien. Naces con una genética que no elijes, la cual determina los principales rasgos de tu carácter. A partir de ahí eres condicionado por un entorno social y familiar que te programa para pensar y comportarte de una determinada manera, algo que tampoco escoges. La suma de estos dos factores ⎯genética y programación⎯ configura tu «software psicológico», también llamado «subconsciente», que es desde donde surgen tus pensamientos automáticos y reacciones impulsivas frente a las cosas que te van pasando. Por más que el ego te haga creer que eres libre, la verdad es que funcionamos de una manera más mecánica de lo que nos gusta admitir.

Desmoralizar el error

En última instancia ninguno de nosotros es realmente dueño de nuestras actitudes, decisiones y conductas. Éstas se despliegan a través nuestro. Cada individuo está manifestando en todo momento lo mejor de lo que es capaz en base a su genética y programación, factores que escapan por completo a su control. Cuando juzgas moralmente a alguien por su comportamiento partes de la creencia limitante de que el otro podría ⎯o debería⎯ haber actuado de una manera distinta a cómo actuó. Sin embargo, esto no es cierto. A posteriori siempre es muy fácil afirmar lo que se hubiera podido hacer diferente. Esto se debe a la experiencia y al aprendizaje derivados de la manera en la que los hechos acontecieron, precisamente gracias a que sucedieron justo de ese modo y no de otro. Pero en aquel momento era del todo imposible haber actuado de otra forma. Más que nada porque si no se hubiera actuado de esa manera.

Cultivar conscientemente la compasión te lleva a comprehender la segunda verdad universal acerca de las relaciones humanas: «los errores no existen». Todo el rato está sucediendo lo que tiene que suceder de la forma en la que tiene que suceder. Es tu mente ⎯tan manchada de moral⎯ la que juzga que los hechos deberían de ser diferentes. Y por tanto, se inventa el concepto «error» para moralizar ciertos resultados que consideras que no deberías de haber cosechado por no estar alineados con las expectativas egocéntricas que te habías montado en tu cabeza. Es entonces cuando aparece la culpa. Por un lado hacia fuera, culpando a otros por lo que crees que no deberían de hacer hecho. Y por el otro hacia adentro, culpándote a ti por el mismo motivo. Sin embargo, por más que castigues a los demás o te tortures a ti mismo la realidad sigue siendo la que es. Tu reacción neurótica tan solo sirve para agregar drama y sufrimiento.

Para el que sabe ver, un error es en realidad un hecho neutro y necesario para la evolución de quien lo ha cometido y de aquellos a quienes ha afectado. En el fondo es una oportunidad de aprendizaje y de crecimiento para todos los implicados. De ahí la importancia de dejar de moralizarlos. Por más que al ego le agreda escucharlo, tú siempre has hecho lo correcto. Es decir, la mejor acción posible en ese momento. Actuaste de acuerdo con tu nivel de consciencia de aquel tiempo. Si hubieras estado más despierto hubieras obrado de otra manera. Tus equivocaciones pasadas te permitieron darte cuenta de que esa no es la forma con la que quieres seguir actuando en el presente, pudiendo así construir un futuro más satisfactorio. Y dicho aprendizaje es imposible que hubiese sucedido si no fuera gracias a tus errores. Hoy eres quien eres gracias a todo lo que has aprendido de tus equivocaciones.

La verdadera compasión nace del profundo entendimiento que todos los seres humanos están desplegando a través suyo el resultado de su genética y programación. Y que por tanto los actos que manifiestan a lo largo de su existencia no podrían ser de otra forma a cómo se produjeron en un momento dado. Si bien en el plano mundano las decisiones que toman tienen consecuencias, desde una perspectiva espiritual se les libera de ser condenados moralmente por lo que escogieron. Esencialmente porque es imposible que con el tipo de personalidad con el que nacieron y el condicionamiento que recibieron pudieran haber hecho algo diferente a cómo lo hicieron. Y esto también se aplica a ti. De ahí la importancia de empezar por ser compasivo contigo.

No juzgues el dolor que no has sentido;
no critiques la batalla que no has peleado.
MADRE TERESA DE CALCUTA

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