Lo que sucede, conviene

En el mundo existen dos tipos de personas: las que se hunden ante la adversidad y las que se crecen ante las dificultades. La diferencia entre unas y otras es su mentalidad. De hecho, una de las particularidades que tienen en común quienes han aprendido a vivir en paz y ser genuinamente felices es que mantienen una relación cómplice con la vida. No perciben los acontecimientos que les ocurren desde una percepción meramente mundana y egoica, sino desde una visión más trascendente y espiritual. Y es precisamente esta mirada más sabia y profunda la que les ha permitido verificar dos verdades universales acerca del funcionamiento de la realidad.

La primera es que «lo que sucede, conviene». Esta afirmación puede resultarte muy chocante y molesta al principio. Especialmente si has sido víctima de algún trauma y sigues enganchado al drama e inmerso en el dolor. Sin embargo, la única manera de liberarte de la cárcel en la que te encierra el victimismo es abrirte a la posibilidad de que sea lo que sea que te haya sucedido te conviene para aprender. En eso consiste la espiritualidad laica: en ver la vida como un proceso evolutivo de constante aprendizaje, dotándote de la actitud necesaria para aprovechar los infortunios externos para tu crecimiento interior.

Da igual si piensas que este enfoque existencial es una chorrada new age. De hecho, es del todo irrelevante saber si es cierto o no que la vida es efectivamente un proceso pedagógico cuya finalidad última es aprender a amar. Lo verdaderamente importante es que adoptando esta mirada más trascendental te vuelves inmensamente eficiente. Piénsalo bien: ¿de qué te sirve perder el tiempo y la energía protestando y sufriendo por algo que ya ha pasado y no puedes cambiar? ¿Qué consigues perpetuándote en el rol de víctima, aferrándote a la creencia de que la vida ha sido injusta contigo? Absolutamente nada. Bueno sí, engordar el ego y envenenarte con más chupitos de cianuro, volviéndote todavía más miserable e infeliz.

O ganas o aprendes

Cuando malvives excesivamente identificado con el ego sueles pensar de forma blanco-negrista, totalmente binaria: te crees que todo en la vida se reduce a ganar o perder. Es decir, conseguir lo que el ego quiere o perder lo que el ego cree que le pertenece. De ahí que cada vez que sufres una pérdida mundana lo tiendas a interpretar solamente como algo perjudicial y negativo. Esta es la razón por la que sueles quedar atrapado por la queja y sumido en la perturbación. Y a base de acumular decepciones y frustraciones llega un día en que o bien te conviertes en un cínico que no cree en nada o en alguien amargado desconectado de todo…

En cambio, cuando reconectas con tu dimensión espiritual empiezas a vislumbrar los infinitos matices grises que esconde cualquier acontecimiento. Y es entonces cuando comprehendes que en caso de no ganar siempre puedes aprender una valiosa lección para seguir creciendo como ser humano. Así es como descubres que una pérdida mundana siempre trae consigo una ganancia a nivel espiritual. Todo depende de cómo te posiciones ante ella y cuánto la aproveches para tu evolución.

Por ejemplo, la muerte de un ser querido te confronta con la impermanencia de la existencia y te recuerda la importancia de disfrutar de la vida todo lo que puedas. Una ruptura sentimental es una invitación para cultivar el amor propio y redefinir lo que buscas en un vínculo sexoafectivo. Un despido laboral te da la oportunidad de salir de tu zona de confort y redescubrir tu vocación. El diagnóstico de una enfermedad crónica te lleva a cuidar mucho más de tu cuerpo y a cultivar hábitos más conscientes y saludables. El fracaso de un negocio te vuelve mucho más humilde y te revela cómo no hacer las cosas para evitar repetir los mismos errores en tu próximo emprendimiento. La traición de un amigo te ayuda a establecer límites más claros y discernir mejor las relaciones en las que confías…

Las cosas que te ocurren no suelen ser las que el ego quiere. Pero si las diseccionas y analizas desde una perspectiva espiritual terminas descubriendo que sí son las que necesitas. ¿Pero para qué? Pues para hacer consciente tu subconsciente. Para sanar tus heridas de infancia. Para cuestionar tus creencias limitantes. Para transformar tus sombras como adulto. Y sobre todo para crecer en amor, felicidad y paz interior, los tres principales atributos de tu verdadera esencia. La próxima vez la desgracia venga a visitarte, mírala fijamente a los ojos y sonríele con complicidad. Ahora ya sabes que es tu mayor aliado para convertirte en quien estás destinado a ser.

No hay mayor talento que el de saber transformar
la adversidad y el sufrimiento en crecimiento espiritual.
LUCIO ANNEO SÉNECA

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