La policía de la moral

Cada tiempo cuenta con su propia moral. Es decir, con la manera correcta en la que supuestamente se deben de hacer las cosas. De ahí surgen las convenciones sociales, que son una serie de acuerdos y reglas no escritas que regulan el comportamiento dentro de una sociedad. De hecho, tienden a imponerse a través de una severa presión social. Y determinan qué es aceptable y qué no lo es. Por un lado proporcionan orden, seguridad y estabilidad en el lugar en el que vives. Pero por el otro, coartan tu libertad y autenticidad como individuo. Es lo que se conoce como «statu quo» u «orden social establecido». Y pobre de ti como te atrevas a cuestionarlo o transgredirlo. Enseguida recibes la desaprobación, el juicio y el rechazo de quienes te rodean.
No sé si te has dado cuenta pero la sociedad actual se ha convertido en un «tribunal de inquisición» en el que todos sus miembros ⎯tú incluido⎯ actúan como jueces y verdugos implacables, emitiendo veredictos condenatorios de las conductas ajenas. Especialmente de aquellas que se salen del ideario de lo políticamente correcto. Hoy en día no basta con obedecer las leyes; también hay que cumplir con las expectativas morales del colectivo. Cualquier desviación de las normas impuestas por la cultura dominante es castigada con un linchamiento público feroz. Y este dedo acusador no necesita pruebas, tan solo un «me molesta» o «no estoy de acuerdo» para emitir una condena. En este sentido, las redes sociales han dado voz a un colectivo emergente: los «haters», que en inglés quiere decir los «odiadores» o «detractores». Es decir, personas que públicamente muestran su odio mediante críticas y juicios despiadados contra cualquier punto de vista o comportamiento contrario a sus creencias.
Vivimos en tiempos orwellianos: lo que se busca es la uniformidad del pensamiento y el conformismo intelectual. Cada vez hay menos lugar para el debate y el intercambio constructivo de ideas. El disenso es percibido como una amenaza que debe de ser silenciada. Debido a la excesiva identificación con el ego, la gran mayoría de ciudadanos están tiranizados por sus sentimientos. Y cada vez que ven o escuchan algo que difiere de la moral dominante, reaccionan ofendidos. Al ser esclavos de su susceptibilidad, todo se lo toman como un ataque personal. Y cegados por sus propias emociones, son incapaces de establecer un diálogo racional y respetuoso con quienes piensan diferente. Da igual si lo que se dice es razonable o no. El hecho de que hiera sus sentimientos es argumento más que suficiente para condenarlo y tratar de erradicarlo.
La cultura de la cancelación
Prueba de ello es el auge imparable de «la cultura de la cancelación». Se trata de un fenómeno social contemporáneo en el que individuos, grupos o figuras públicas son repudiados, boicoteados, censurados o cancelados por expresar opiniones o manifestar conductas que difieran de los estándares ideológicos impuestos por la sociedad. No importa quién seas o qué hayas hecho en tu vida; una simple frase, un comentario sacado de contexto o una acción impopular que no siga la corriente dominante es suficiente para acabar con tu reputación y tu carrera.
Esta dictadura de lo políticamente correcto no solo crea un ambiente de hostilidad y división, sino que ejerce un control social sobre la forma actuar de los ciudadanos. Es un ataque directo contra la libertad de pensamiento y de expresión. Seguramente más de una vez hayas reprimido alguno de tus impulsos y autocensurado alguna de tus opiniones por miedo a ser diana de la ira colectiva. La existencia de esta policía de la moral provoca que ser tú mismo esté penalizado. Más que nada porque ser fiel a tu verdadera esencia, mostrar tu singularidad y atreverte a seguir tu propio camino implica transgredir alguna convención social de tu tiempo. Y esto es algo que la mayoría de adultos de tu propio entorno no tolera ni perdona. Al idolatrar la uniformidad y la igualdad, la autenticidad se suele pagar con exclusión y ostracismo social.
Como consecuencia del tribunal de inquisición en el que vives, el lema de la sociedad actual parece ser «juzgo, luego existo». El ego se ha erigido como el gran juez moral, necesitando constantemente reafirmarse a través del juicio a los demás. ¿Acaso no te sorprendes juzgando a tus semejantes cada vez que actúan de manera diferente a cómo tú consideras que deberían de haber actuado? Detrás de tus juicios se esconde «la herida de la insuficiencia». Es decir, la desagradable sensación de sentir que tu ser es imperfecto e insuficiente. Que no está bien ser como eres. Y que por tanto, tienes que ser mejor de cómo eres ahora. Así es como inconscientemente creas un ideal subjetivo de cómo deberías de ser para ser perfecto, acorde con la moral de la sociedad. Pero por más que te exijas y te esfuerces nunca lo alcanzas. Por eso a menudo te sientes tan frustrado insatisfecho contigo mismo.
Don y doña perfectos
Eso sí, para maquillar tus complejos y carencias vas de don (o doña) perfecto por la vida. Movido por tu inseguridad estás convencido de que tu forma de pensar es la forma de pensar. Y que quien piense diferente a ti está equivocado. En paralelo, al sentirte imperfecto por dentro percibes imperfección por todas partes. En ningún momento ves a los demás como son, sino como crees que tendrían que ser. Todo el rato los estás comparando con la versión idealizada que te has montado en la cabeza acerca de ellos. Y al no cumplir con tus expectativas egocéntricas tiendes a sentirte decepcionado y a juzgarlos con frialdad. Pero, ¿quién te ha nombrado juez y jurado de la vida de los demás? ¿Acaso tú nunca te equivocas? ¿Por qué entonces sueles ser tan rígido e inflexible con los fallos ajenos? En el fondo, cuanto más severamente juzgas a otros más delatas la dureza con la que te juzgas a ti mismo.
Señalar los defectos ajenos y juzgar constantemente a los demás es un mecanismo de defensa muy sofisticado. Juzgar es la manera rápida y fácil de elevarte por encima de tus semejantes sin tener que esforzarte en mejorar realmente. Es la forma que tiene el ego de hacer que sientas temporalmente una falsa sensación de superioridad moral. La fórmula es muy simple: para que te sientas mejor contigo mismo necesitas que los otros sean peores que tú. Así es como compensas el complejo de inferioridad que en realidad sientes por no aceptarte y amarte a ti mismo tal como eres. De ahí que para proteger tu maltrecha autoestima emplees dos estrategias: o te rodeas de personas objetivamente más mediocres que tú o te dedicas a criticar subjetivamente a las que no lo son para sentirte superior a ellas.
Qué perversa paradoja en la que vives. Por un lado, la presión de encajar en moldes de pensamiento y de comportamiento estandarizados para evitar ser juzgado te despoja de tu libertad para ser quien verdaderamente eres, sometiéndote a llevar una existencia mediocre. Y por el otro, en tu afán de hinchar artificialmente tu molida autoestima necesitas juzgar permanentemente a tu prójimo ⎯y éste a ti⎯ para que ambos os sintáis mejores de cómo os sentís… Viviendo en una sociedad vigilada por la policía de la moral ⎯donde la hipocresía es premiada y la autenticidad es castigada⎯, ¿cómo demonios vas a ser feliz?
El mayor pecado del mundo es el de ver a los demás como pecadores.
ANTHONY DE MELLO
*Este artículo es un extracto de mi libro “Ser feliz es fácil. El método más simple para disfrutar de la vida”.