La paradoja del amor propio

Formas parte de una sociedad tan oprimida y desquiciada que amarse a uno mismo está muy mal visto. Es casi un pecado capital. Principalmente porque el amor propio se confunde con narcisismo. Pero nada más lejos de la realidad. Si algo tienen en común todos los narcisistas es que carecen de autoestima. Y al sentirse tan heridos y estropeados por dentro siempre quieren algo de los demás, manipulándolos para conseguir lo que desean. Por otro lado, dado que el amor propio implica priorizarte a ti mismo, muchos también lo critican por considerarlo el colmo del egoísmo. Sin embargo, éste sólo existe cuando causas algún perjuicio a otro ser humano.

Satisfacer tus necesidades no tiene nada que ver con ser egoísta. Es algo natural y necesario para tu supervivencia y tu bienestar. En cambio, esperar que otros te las satisfagan sí lo es. Ésta es la razón por la que es imposible ser egoísta en una isla desierta sin nadie a tu alrededor. En el caso de tener un conflicto de intereses con otra persona es fundamental saber dejar el ego a un lado para encontrar una solución que beneficie a ambas partes. Aquí nuevamente se desenmascara al narcisista, quien -al tener un ego tan grande- es incapaz de salir de sí mismo y empatizar con las necesidades ajenas.

En última instancia, todo lo que haces en la vida lo haces -en primer lugar- por ti mismo. Incluso el altruismo tiene un componente egoísta. Por más desinteresada que creas que es tu conducta altruista, en el fondo te causa cierta satisfacción realizarla, pues hay un punto en el que hacer el bien te hace bien. Si no, no la harías. De ahí que a la hora de emprender una acción en concreto sea fundamental discernir desde dónde la haces, por qué y para qué la haces y qué efectos y consecuencias tiene sobre ti y sobre los demás el hecho de hacerla. En eso consiste precisamente vivir con consciencia y madurez: que sabes cuáles son tus verdaderas motivaciones, haciendo que sea casi imposible el autoengaño.

El amor propio es la cura para la soledad

Como bien sabes, el sentimiento de soledad es uno de los rasgos más distintivos del ego. Recuerda que la razón principal por la que te sientes solo es porque sigues identificado con este yo ilusorio, el cual te hace creer erróneamente que estás disociado de la realidad y separado de los demás. Movido por esta ilusión cognitiva te has pasado la vida mendigando afecto, queriendo desesperadamente que te quieran. De hecho, cuanto más amor has buscado fuera de ti, más te has desconectado de tu esencia. Y mayor ha sido el dolor causado por tu herida de abandono.

La cura definitiva para esta distorsión mental es el amor propio. Es decir, amarte a ti mismo incondicionalmente, sin fisuras. Y esto pasa por conocerte, cuidarte y atender tus necesidades emocionales de forma autónoma. Amarte consiste esencialmente en cultivar tu salud física, mental y espiritual. En darte lo que necesitas para sentirte saludable, a gusto y en paz, desprendiéndote de aquello que te daña o te perjudica. También consiste en saber poner límites y decir «no» de forma asertiva. Y en saber que -pase lo que pase- tú siempre vas a estar ahí para ti. A partir de ahí, todo lo demás se ordena por sí mismo y las cosas empiezan a fluir y a funcionar bien en tu vida.

De hecho, un indicador de que has despertado y de que vives conscientemente es que has descubierto que tú eres el verdadero amor de tu vida. Ese día liberas a los demás de la responsabilidad de hacerte feliz. Más que nada porque verificas que dentro de ti albergas todo lo que necesitas para sentirte completo. Por más que el ego te haga creer que eres una víctima y te lleve a buscar constantemente culpables, la realidad es que todos tus problemas y conflictos tienen una misma causa: la falta de amor propio. Y todos tienen una misma solución: amarte a ti mismo. Y esto que es muy fácil de decir da para toda una vida de aprendizaje. Tanto es así que hay muchísimas personas que son incapaces de mirarse fijamente a los ojos en un espejo y decirse que se aman. Están tan rotas por dentro que no soportan sentir lo poco que se quieren. ¿Lo has probado alguna vez?

Cuanto más te amas menos quieres

El amor propio comienza el día que haces las paces con el egoísmo. Es entonces cuando sucede la magia: cuanto más te amas a ti, más amor acabas dando y más amor terminas recibiendo. Y es que a nivel emocional sólo puedes dar lo que tienes. Y sólo posees aquello que te has dado a ti primero. A su vez, la paradoja del amor propio es que cuanto mejor es la calidad de tu autoestima menos quieres y necesitas de los demás. Esencialmente porque te sientes lleno por ti mismo. Y en consecuencia, más tienes para dar, compartir y entregar. Por el contrario, cuanto menos te amas, más quieres y necesitas de otras personas. Al sentirte tan vacío, más pides y esperas recibir de quienes te rodean. ¿Quién es el egoísta entonces?

La práctica del amor propio requiere de mucha solitud. Estando a solas empiezas a apreciar la belleza de lo solitario, así como a descubrir qué rutinas positivas y hábitos saludables permiten que florezca la mejor versión de ti mismo. Y fruto de esta introspección adquieres una noción mucho más clara de hacia dónde quieres ir. Metafóricamente, pongamos que se trata de ir al «norte». Lo sabes porque verdaderamente te motiva e ilusiona y tiene sentido para ti. Cuando te amas a ti mismo ya no dependes de que alguien te dé permiso, te acompañe o te dé la palmadita para poder ir. Simplemente vas. Y no tienes ningún problema en caminar solo. Más que nada porque vas acompañado de ti mismo.

Lo bonito de seguir tu propia senda es que mientras caminas en una determinada dirección inevitablemente te encuentras con más caminantes que van hacia ese mismo destino. Si eso sucede, qué maravilla poder compartir parte del trayecto con otros. Eso sí, tú vas igualmente, aparezcan otras personas o no. Ya no necesitas ni dependes de la compañía ajena para moverte por la vida. Y son precisamente esa libertad y ese desapego los que te permiten disfrutar mucho más plenamente de las relaciones que vas manteniendo por el camino.

Amarse a uno mismo es el comienzo
de un romance que dura toda la vida.
OSCAR WILDE

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