La muralla del orgullo

Dado que seguramente todavía no has sanado y trascendido tus conflictos internos, estos tienden a manifestarse externamente en forma de malentendidos, discusiones y peleas con otras personas. Especialmente con aquellas con las que más interactúas, empezando por tus seres queridos. Y por medio de estos desencuentros emocionales en demasiadas ocasiones os termináis haciendo daño los unos a los otros. Puede ser que seas de los que agredes de forma activa y directa. O tal vez de los que lo hacen de manera pasiva e indirecta. Sea cual sea tu estilo de agresión, en ocasiones dices o haces cosas que ofenden a otros. Y en otras, son los demás quienes hacen o dicen cosas que te ofenden a ti, generando toneladas de dolor y sufrimiento.

Nuevamente, la causa de este choque de trenes permanente reside en la excesiva identificación con el ego. Vas por la vida como si fueras un yo con patas. Sin darte cuenta estás encerrado en tu burbuja mental, secuestrado por ensoñaciones egocéntricas relacionadas con tus necesidades, deseos y expectativas. Y dado que el resto de seres humanos malvive del mismo modo, tarde o temprano lo que tú quieres termina entrando en conflicto con lo que el otro quiere. A este acontecimiento se le conoce coloquialmente como «conflicto de intereses». Y desde una perspectiva de autoconocimiento tiene un valor incalculable, pues suele desnudar al ego y revelar ⎯aunque sea por momentos⎯ la verdad oculta que ambos lleváis dentro.

No importa el tipo de vínculo que mantengas con otra persona: sea un padre, un hermano, una pareja, un hijo, un amigo, un jefe, un compañero de trabajo, un cliente, un vecino o incluso un desconocido… Mientras las cosas van bien y todo el mundo siente que está obteniendo lo que necesita, quiere y espera de dicha relación en general no suele haber ningún problema. Cuando eso sucede, es fácil que cada uno muestre su mejor cara, que todo fluya como la seda y que la armonía parezca garantizada.

Pero todo cambia cuando emergen dificultades y tensiones con esa persona. Es entonces cuando el ego toma el control de la situación, cayéndose la máscara de la cordialidad. Tener un conflicto de intereses con alguien revela de qué pasta ambos estáis hechos. Muestra con nitidez hasta qué punto estáis dispuestos a ceder para encontrar una solución que satisfaga a ambas partes. No hay mejor manera de conocer el fondo de alguien ⎯y por supuesto el tuyo⎯ que cuando vuestros respectivos intereses entran en disputa. Solo entonces queda muy claro cuánto os importa genuinamente el bienestar del otro por encima del vuestro, así como a lo que estáis dispuestos a renunciar para lograr un acuerdo mutuamente beneficioso y satisfactorio.

Batallas campales

La cruda realidad es que los conflictos de intereses tienden a sacar lo peor de la condición humana. Esencialmente porque son situaciones confrontantes que suelen alterar el sistema nervioso, poniéndote a ti y a la otra parte en modo ataque o huida. El ego convierte un desacuerdo en una lucha por su supervivencia. Y al vivirse con cierto estrés y ansiedad también suelen nublar vuestra capacidad de raciocinio, llevando dicha disputa al terreno de lo personal. Es ahí donde las emociones reprimidas afloran, provocando que en muchas ocasiones el conflicto escale en intensidad, llegando incluso a convertirse en una sangrienta batalla. Es entonces cuando el ego se suelta la melena y se pone las botas, provocando que ambos os tiréis los trastos a la cabeza y os digáis auténticas barbaridades a la cara.

Una vez la pelea ha concluido, lo más habitual es que os vayáis cada uno por su lado, con un poso de perturbación en vuestra mente. Y que seguidamente os victimicéis, culpándoos el uno al otro del malestar que sentís en vuestro corazón. Cegados por el ego en ningún momento os cuestionáis ni hacéis autocrítica, preservando así la imagen idealizada que habéis construido de vosotros mismos. Tampoco asumís vuestra parte de responsabilidad en dicha contienda, pues hacerlo implicaría algo tremendamente doloroso: admitir que os habéis equivocado.

Movidos por el orgullo perdéis por completo la capacidad de cultivar la empatía, cerrando la puerta al entendimiento mutuo y creando un ambiente hostil, donde ninguna de las partes se siente vista, escuchada o comprendida. A su vez, os lleva a priorizar el ganar la discusión por encima de buscar una solución beneficiosa para ambos. Para el ego ceder es visto como una derrota. Y como consecuencia construís una muralla mediante la que separaros y distanciaros todavía más del otro, creando resentimientos y dañando la relación a largo plazo. Actuando de este modo os quedáis atrapados en vuestra narrativa victimista, la cual os impide ser conscientes de vuestros patrones de comportamiento tóxicos. Y así no hay evolución posible.

Ceder en un conflicto no es una derrota,
es una victoria sobre uno mismo.
CONFUCIO

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