La motivación altruista

El amor no es algo que simplemente llega; más bien se practica. Y la manera más directa de experimentarlo es amando activamente. Para ello necesitas cultivar diariamente un hábito esencial: la «motivación altruista». Ésta consiste en ponerle una intención amorosa a tus quehaceres cotidianos, buscando -en cada interacción- una forma de beneficiar a las personas con las que te cruzas en tu día a día. Dado que no existe separación entre ellos y tú, el bien que haces a los demás en realidad te lo estás haciendo a ti mismo. Recuerda que el amor como ágape te reporta felicidad. Te lleva directo al verde. De ahí que el altruismo sea la máxima y mejor expresión del egoísmo. Si bien parece que los otros salen ganando, contribuir al bienestar ajeno te hace mucho más bien a ti.

El quid de la cuestión es desde dónde lo haces. Si lo que ofreces a los demás está motivado por el ego, tu entrega es interesada y narcisista. Es una generosidad egocéntrica. Das para recibir. Es un medio, un intercambio mercantil. Esperas alguna cosa a cambio. Si supieras que no ibas a conseguir algo no lo harías. Por contra, si lo que ofreces a los demás está motivado por el ser esencial tu entrega es desinteresada y altruista. Das por el placer de dar. Es un fin en sí mismo. No hay letra pequeña. Paradójicamente recibes mucho más de lo que has dado en forma de «eudaimonia»: el bienestar emocional y espiritual que proviene de la sabiduría, la ética, el servicio y la virtud.

No es casualidad que la etimología de la palabra «feliz» provenga de «félix», que quiere decir «fecundo», «fértil» y «fructífero». Y esto se refiere al hecho de que cuando estás a gusto contigo mismo tu actitud y tu comportamiento tienden a ser beneficiosos tanto para ti como para los demás. Esta es la razón por la que las personas genuinamente felices suelen cosechar prosperidad y abundancia. Precisamente porque eso es lo que han sembrado en su vida. Es como encender una luz en un lugar oscuro; no solo ilumina a los demás, sino que también calienta y transforma el espacio que habitas.

La paradoja del servicio

¿Has notado cómo las personas que practican voluntariado suelen irradiar una felicidad que no se puede fingir? Es porque han descubierto un secreto universal: ayudar al prójimo es fuente de profunda satisfacción. Siempre recibes muchísimo más de lo que has dado o entregado. Es la paradoja de la vocación de servicio. Por unos instantes te olvidas de ti mismo -de tus problemas personales- para poder centrarte en lo que el otro necesita. Así es como trasciendes temporalmente la excesiva identificación con el ego, sintiéndote a posteriori de maravilla contigo.

La próxima vez que te sientas angustiado, ansioso o deprimido, en vez de hundirte en tu dolor y regodearte en tu drama encuentra la manera de ser útil a otros seres humanos. Parece contraintuitivo, pero ofrecer tu ayuda a otros cuando eres tú quien más la necesita te saca de ti. Te permite dejar de mirarte el ombligo, conectando con una dimensión más elevada y trascendente que desconocías. Al contribuir de algún modo a mejorar la vida de otra persona el tormento que sientes se evapora, transformándose en una agradable sensación de bienestar. Sentirte útil es la mejor medicina contra la depresión.

Por todo ello, cada mañana -antes de salir de casa- recuérdate la importancia de dar lo mejor de ti mismo al servicio de los demás, respondiendo de la forma más amorosa que puedas a los retos y desafíos que traiga tu día. La próxima vez que interactúes con alguien, conecta con tu motivación altruista y haz lo que esté en tu mano para que tu interacción con esa persona lo deje mejor de cómo estaba antes de cruzarse contigo. Pon la intención de alegrarle un poco el día. Observa cómo tu actitud afecta positivamente a su experiencia. Y seguidamente nota cómo te sientes por dentro. Con el tiempo y la práctica descubrirás cómo este altruismo silencioso va poco a poco transformando tu vida.

Quien no vive para servir, no sirve para vivir.
MADRE TERESA DE CALCUTA

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