La mentalidad victimista

En algún momento de tu vida seguramente hayas sido víctima de alguna persona o situación que te haya causado algún tipo de daño o perjuicio, tanto físico como emocional. Un maltrato psicológico. Un abuso sexual. Una enfermedad crónica. Un accidente grave. Un robo económico. Un engaño sentimental. Un despido improcedente… La lista de circunstancias adversas que están fuera de tu control y que pueden haberte generado algún tipo de trauma es interminable.

En estos casos es de gran ayuda sentir que otros reconocen y validan el dolor que has podido experimentar, contando con el apoyo terapéutico necesario para recuperarte como es debido. De este modo, con el tiempo ⎯y fruto del trabajo interior⎯ es posible superar y sanar cualquier contratiempo que te haya sucedido, trascendiendo así tu condición de víctima. Lograrlo implica una profunda transformación personal: te convierte en una versión evolucionada y mucho más madura de quien eras antes de vivenciar dicho acontecimiento traumático.

Sin embargo, son muy pocos los que consiguen completar este proceso. Muchos se quedan por el camino lamiéndose las heridas. Prueba de ello es que la humanidad sigue anclada en el «victimismo». Se trata de un cáncer ideológico que afecta a la mentalidad de la gran mayoría de seres humanos.

Víctimas del victimismo

El victimismo ha triunfado en nuestra sociedad. Es la corriente filosófica hegemónica. Es decir, la que cuenta con más adeptos en la actualidad. Y está compuesto por nueve rasgos principales. El primero es el «infantilismo». A pesar de haber colonizado el mundo de los adultos, se trata de una postura muy pueril. Si tu actitud sigue secuestrada por el victimismo tiendes a considerar que la vida es injusta, especialmente cuando no te concede lo que quieres. Y sueles atribuir tus fracasos a la mala suerte en lugar de a tus decisiones y errores. También te lleva a poner tu atención siempre en lo negativo, así como a adoptar una visión pesimista frente la existencia.

La segunda característica del victimismo es la «impotencia». Ir de víctima te desempodera por completo. Te entierra en el lodazal de la apatía y la resignación, autoconvenciéndote de que la causa de tus problemas se encuentra en factores externos. A su vez, te hace creer que no hay nada que dependa de ti para cambiar o mejorar tu situación, entregando tu poder y tu responsabilidad a cualquiera que te venda una falsa sensación de seguridad y estabilidad. La mentalidad victimista te hace ver el esfuerzo como algo inútil y las dificultades como pruebas insuperables.

El tercer atributo es el «autoengaño». La única forma de preservar tu identidad de víctima inocente es engañándote, negando cualquier contribución que hayas podido tener en relación con tus propios problemas. El victimismo siempre va de la mano de la falta de introspección y autocrítica. Movido por el orgullo y la autocomplacencia evitas hacer algo muy doloroso para el ego: cuestionarte a ti mismo. De este modo ni reconoces ni aprendes de tus errores, quedándote estancado en una versión limitada de ti.

El bueno de tu película

El cuarto rasgo es el «chantaje emocional». El victimismo te lleva a barrer para casa, distorsionando subjetivamente los acontecimientos que acontecen en tu vida de tal modo que te hagan quedar siempre como el bueno de tu película. Tu discurso egocéntrico tiene el objetivo de dar pena y lástima, quedando como un «pobrecito de mí». De hecho, empleas el drama para captar la atención de tus espectadores, buscando recibir simpatía, consuelo y apoyo.

La quinta característica es la «desvalorización». Lo que en realidad subyace detrás de la mentalidad victimista es una fragante falta de amor propio. De ahí que tu autoestima dependa de la aprobación y validación externa. En lo más profundo de ti sientes que no eres lo suficientemente bueno. Y que eres incapaz de conseguir lo que te propongas. Tienes tanto miedo al fracaso ⎯y por ende a mostrar tu lado vulnerable⎯ que niegas tus capacidades y evitas cultivar tus talentos, no vaya a ser que destaques sobre el resto y te pongas a prueba ante los demás.

El sexto atributo es la «queja». No cabe duda de que el victimismo aporta beneficios psicológicos a corto plazo. Te libera de tener que hacerte cargo de tu vida, así como de asumir las consecuencias de tus actos y decisiones. Sin embargo, a medio y largo te conduce irremediablemente a la insatisfacción y la amargura. Y no hay mayor síntoma de infelicidad crónica que quejarte y protestar permanentemente por todo aquello con lo que no estás conforme. Es una manera muy disfuncional de desahogarte emocionalmente de todo el malestar que vienes acumulando.

El miedo al cambio

El séptimo rasgo del victimismo es la «retraumatización». Es decir, la adicción a hablar una y otra vez de eventos traumáticos que ocurrieron en tu pasado y de los cuales te sigues victimizando en el presente. Así es como justificas tus patrones de conducta neuróticos, achacando tus miserias actuales a hechos que sucedieron años atrás. De este modo te autoconvences de que siempre serás una víctima de lo que te pasó, siendo imposible sanar o transmutar tu dolor.

La octava característica es el «miedo al cambio». Este temor se asienta en la pereza, la comodidad y la pasividad, procrastinando todo lo posible el tomar cualquier acción que te lleve a salir de tu zona de confort. Y al permanecer de forma indefinida estancado en lo viejo, terminas por sentir aversión a lo nuevo, lo desconocido y lo incierto. Es entonces cuando haces tuyo el lema de la mediocridad: «Más vale malo conocido que bueno por conocer». Esta es la razón por la que el victimismo es una de las lacras de nuestro tiempo. Esencialmente porque actúa como un freno al progreso y la evolución de la sociedad.

El noveno y último atributo es tal vez el más importante de todos. Se trata de la «reafirmación». Y ésta pasa por rodearte solamente de familiares y amigos que validen tu papel de víctima. De hecho, te sientes traicionado y ofendido cuando alguno de ellos se atreve a confrontar tu narrativa victimista. Es algo que ni toleras ni perdonas. Más que nada porque sin un entorno social que refuerce estas creencias es imposible que tu victimismo pudiera mantenerse por mucho tiempo. De ahí la importancia de contar con buenos amigos. Es decir, con personas maduras emocionalmente que ⎯de forma asertiva⎯ te inviten de tanto en tanto a cuestionar tu mentalidad victimista. Y no simplemente a decirte lo que el ego quiere escuchar.

Las personas victimistas están constantemente
creando dificultades que justifiquen su impotencia
y buscando obstáculos que reafirmen su condición de víctima.
VIKTOR FRANKL

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