El poder de la amabilidad

Uno de los principales indicadores de que vives en el estado verde -y que eres realmente feliz- es cómo tratas a los demás. La amabilidad es el termómetro de tu salud mental y espiritual. Cuanto más pleno te sientes, más cálido y considerado eres con quienes te rodean. Por el contrario, cuanto más desdichado eres -malviviendo en los estados naranja y rojo- más probable es que te comportes de manera fría, brusca o borde. Pero, ¿en qué consiste ser amable? Pues en mostrar un genuino interés por el bienestar de quienes te rodean. Requiere que vivas en el presente y que dispongas de tiempo para empatizar con las necesidades ajenas. De hecho, el mayor enemigo de la amabilidad es el estrés, pues te condena a ir acelerado y a perder de vista al prójimo que tienes delante de ti.

Está demostrado científicamente que la amabilidad es muy buena para la salud. Más que nada porque te predispone a ser tu mejor versión. Y te lleva a dejar el ego a un lado para cultivar la empatía, la compasión y el amor hacia los demás. Solo te aporta cosas positivas. De ahí la importancia de que la conviertas en una práctica regular. Busca cada día -de forma consciente- al menos una oportunidad para ser amable. Selo a propósito, de forma intencionada. Estate muy atento a cualquier situación en la que puedas hacer algo bueno por alguien, sin importar si es un ser querido o un completo desconocido.

Saluda con alegría a la persona que te atiende cuando estás comprando algo. Deja pasar a un coche en un cruce y sonríe al conductor. Dile a uno de tus colaboradores que está haciendo un gran trabajo. Acuérdate del aniversario de tus amigos y llámalos para cantarles el cumpleaños feliz. Envía un mensaje inesperado a tus padres recordándoles cuánto los quieres. Sé paciente cuando tu hijo pequeño pierda los papeles. Ofrece tu asiento a alguien mayor en el metro o autobús. Escribe una carta de agradecimiento a alguien que haya influido positivamente en tu vida. Escucha con atención cuando alguien se desahogue contigo. Conecta a dos personas que creas que pueden beneficiarse mutuamente. Sostén la puerta para quien venga detrás. Ayuda a alguien a cargar algo pesado. Visita a un anciano y hazle compañía.

Valora y agradece

Avisa al restaurante para cancelar la reserva que finalmente no utilizarás. Comparte elogios sinceros cuando los sientas. Llama para preguntar cómo está ese amigo que sabes que lo está pasando mal. Sé puntual cuando quedas con alguien. Recuerda los nombres de las personas con las que hablas. Cede la palabra en una conversación y evita interrumpir cuando alguien se está expresando. No te irrites cuando alguien se equivoque al atenderte o te haga perder el tiempo. Deja una propina. Concede un favor cuando te lo pidan. Saluda cordialmente a tus vecinos. Deja un baño público igual o más limpio de cómo te lo has encontrado. Evita chismorrear acerca de quien no está presente…

Y en definitiva, no des nada por sentado. Encuentra diariamente motivos para valorar y agradecer lo que otras personas están aportando a tu vida. En última instancia, la verdadera amabilidad se construye por medio de pequeños gestos que tienen un gran impacto en la vida de quienes te rodean. Es la forma más elocuente de decirles con tus actos que los ves y que los tienes en cuenta. Cultivar el hábito de buscar lo bueno en los demás no solo influye en tu manera de mirarlos, sino que mejora notablemente la forma en la que te relacionas con ellos. Ser cómplice de la felicidad ajena es el secreto de la verdadera felicidad.

El hecho de que se tenga que hacer apología de lo bueno que es ser amable demuestra lo enferma que está la sociedad. El ritmo frenético, la neurosis y el narcisismo han convertido esta cualidad esencial en un fenómeno contracultural. Manifestarla requiere que vayas a contracorriente. Eso sí, cuando sucede no deja a nadie indiferente. Ser amable sigue teniendo un poder bestial sobre la actitud de las personas. La amabilidad inspira más amabilidad. Es tremendamente contagiosa. Eleva el espíritu de quien la da y de quien la recibe. Y actúa como un efecto dominó, generando una onda expansiva entre quienes la atestiguan.

La amabilidad es el lenguaje que los sordos
pueden oír y los ciegos pueden ver.
MARK TWAIN

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