El perdón radical

El tercer peldaño en la ascensión hacia la cima de la «inteligencia espiritual» es el «perdón». Sea lo que fuera que ocurrió en el pasado, esta virtud te permite liberarte de la culpabilidad y el rencor en el presente. Perdonar requiere de mucha fortaleza porque implica renunciar al papel de víctima al que tanto apego tiene el ego. Es la herramienta más eficaz para purificar tu corazón del veneno de la ira y del fuego de la venganza. Y es un acto completamente interno. El otro no tiene porqué enterarse.
Cuando perdonas a alguien por lo que te hizo en realidad te estás haciendo un favor a ti mismo. En esencia, perdonar significa dejar de aferrarse al dolor por lo sucedido para volver a ser emocionalmente libre de esa persona. Es la llave de tu liberación y la herramienta más útil para restaurar tu paz interior. Y es que es incompatible vivir con resentimiento y ser feliz. Tarde o temprano tienes que elegir. Y no te dejes engañar por el odio del ego. Si aprendes a vivir con empatía descubrirás que todo es perdonable. Y que el perdón genuino es radical. La única razón por la que sigues peleado con alguien es porque tus juicios te impiden mirarlo con compasión.
Perdonar de verdad requiere de mucho discernimiento: implica separar el grano de la paja. Es decir, diferenciar entre los hechos objetivos y las interpretaciones subjetivas que construiste inconscientemente sobre ellos. Cuanto más fuerte es el ego, mayor es también es la tergiversación de tus recuerdos. Y evidentemente tu yo siempre barre para casa, convirtiéndote a menudo en la víctima inocente de aquello que sucedió. Si bien criticas al otro con dureza, a ti sueles excusarte por la forma en la que te comportaste. Y exactamente lo mismo ocurre a la inversa.
El arte de perdonar(se)
Supón que -por los motivos que sean- no te queda más remedio que relacionarte regularmente con una persona descentrada. Y que el otro día te enzarzaste en una acalorada discusión con ella que terminó en insultos y comentarios hirientes. Al terminar dicho desencuentro los dos os fuisteis llenos de ira. Y movidos por el victimismo, ambos os culpasteis el uno al otro por toda la perturbación que sentíais.
Una vez sales finalmente de la emoción que te nubla el entendimiento tienes dos opciones. La primera es la más común. Y también la más cómoda: consiste en aferrarte a tu rol de víctima y seguir culpando al otro de tu sufrimiento. Es la manera que tiene el ego de preservar su control y poder sobre ti. En parte te conviene porque así te eximes de confrontar tu ignorancia. Eso sí, pagas un precio muy elevado: te pierdes una valiosísima oportunidad de crecimiento espiritual. Te quedas igualito. Y más tarde o más temprano volverás a atraer a tu vida a otra persona descentrada con la que mantener un conflicto similar que refleje tu propia sombra no iluminada, pues lo que no sanas siempre acaba reapareciendo…
La segunda opción es más desafiante, pero también más liberadora. Y pasa por dejar de proyectar tu oscuridad en el otro, mirarte en el espejo y asumir tu parte de responsabilidad en dicha discusión. Para lograrlo, es fundamental revisar lo que sucedió de la manera más objetiva y omnisciente que puedas. Y al hacerlo te das cuenta de que ese día estabas en un estado naranja, algo estresado y en modo supervivencia. Y que fruto de tu malestar interior te sentiste agredido por algo que la persona descentrada dijo con vehemencia, lo que te movió impulsivamente a contestarle con un comentario igual de hiriente. Esto provocó que el otro se lo tomara como un ataque personal, reaccionara impulsivamente y se perturbara a sí mismo. Y a partir de ahí, la cosa se os fue de madre a los dos.
Cómo recuperar la paz interior
Al analizar la situación detenidamente -sin el efecto y la influencia de tus emociones de por medio- descubres que una parte de ti se siente culpable por lo sucedido. De alguna manera te arrepientes por lo que dijiste y por la forma en la que lo expresaste. De ahí que para recuperar la paz interior sea imprescindible empezar por el principio: perdonarte a ti mismo. Y lo haces porque entiendes que eres un ser humano que tiene derecho a cometer errores, los cuales son necesarios para aprender y evolucionar. Al empatizar contigo sientes compasión por la ignorancia, el miedo y el dolor que te llevaron a actuar y a reaccionar como lo hiciste. Y constatas que en aquel momento no pudiste hacerlo mejor ni diferente. Al perdonarte a ti mismo te liberas de la sensación de culpabilidad.
Una vez recobras tu paz, pones el foco en tu supuesto agresor y haces lo mismo. En vez de juzgarlo por cómo se comportó, empatizas con él y sientes compasión por el malestar interno que le llevó a portarse como lo hizo. Así es como se te revela la tercera verdad universal que rige las relaciones humanas: «nadie puede hacerte sufrir sin tu consentimiento». El enfado y la ira que sentiste tuvo más que ver con la forma egoica en que interpretaste lo sucedido que con los hechos en sí. El otro solo fue un estímulo. Sin embargo, debido a tu estado de ánimo naranja reaccionaste de manera impulsiva, provocando que tú te perturbaras a ti mismo.
Perdonar genuinamente pasa por comprehender algo profundamente transformador: que en última instancia el otro nunca te hizo daño. Y que debido al nivel de consciencia en el que se encontraba en ese momento es imposible que pudiera haber actuado de una manera diferente a cómo actuó. Así es como te liberas del rencor y puedes pasar página. Paradójicamente, es necesario que lo perdones para desprenderte de todo el daño emocional que crees que te hizo. De este modo también te previenes de sembrar en tu mente sentimientos de castigo y de venganza, los cuales -irónicamente- son una forma muy sutil y enfermiza de seguir maltratándote a ti mismo.
Una vez te has liberado de la culpa y del resentimiento es recomendable que pidas disculpas a la persona descentrada. Es un acto de «cortesía espiritual». Lo único que tienes que hacer es encontrar un momento oportuno para hablar a solas. Y mirándole amistosamente a los ojos le dices «lo siento». Es decir, que sientes lo que dijiste el otro día, así como la forma en la que se lo dijiste. Esa es tu parte de responsabilidad en el embolado que os perjudicó a ambos. El sufrimiento que el otro experimentó es cosa suya, del mismo modo que la perturbación que tú sentiste es cosa tuya. Te disculpas por lo que te pertoca. Y no esperas que la persona descentrada haga lo mismo. Perdonarte, perdonarlo y pedir disculpas es algo que haces para liberarte a ti y recobrar tu paz interior. Como se lo tome y responda el otro no tiene nada que ver contigo. Actuando de este modo estás entrenando el músculo de la imperturbabilidad. Quien sabe, puede que llegue un día en el que ni siquiera te perturbes cuando vuelvas a encontrarte en una situación parecida.
Perdonar es como liberar un prisionero
y descubrir que ese prisionero eras tú.
LEWIS B. SMEDES
*Este artículo es un extracto de mi libro “Ser feliz es fácil. El método más simple para disfrutar de la vida”.