Muertos vivientes

Dicen que la realidad siempre supera a la ficción. Y es muy cierto. Sin embargo, el mundo del cine emplea la ficción para mostrar aspectos de la realidad que en ocasiones han permanecido ocultos. La grandeza de algunas películas y series es que consiguen que te veas reflejado en ciertos personajes, confrontándote con verdades que a menudo has venido ignorando. Eso sí, solo unas pocas producciones audiovisuales han logrado provocar una catarsis colectiva, convirtiéndose en parte de la cultura popular.
Eso fue precisamente lo que logró «La noche de los muertos vivientes», una película de serie B y con muy bajo presupuesto estrenada en 1968. Fue la primera vez que los espectadores pudieron ver en la gran pantalla ⎯totalmente conmocionados⎯ a un grupo de zombis. Enseguida se convirtió en un éxito de taquilla a nivel internacional. Y a día de hoy sigue siendo una de las obras cinematográficas más rentables jamás realizadas hasta ahora.
Unos 50 años más tarde apareció la serie «The walking dead», la cual también ha batido numerosos récords de audiencia. Se ha emitido en más de 120 países de todo el mundo y ya la han visto más de 200 millones de espectadores… ¿Qué tiene el fenómeno zombi para que capte tanto la atención de la gente? ¿Acaso no es una metáfora del comportamiento general de la sociedad moderna? Nunca antes en la historia de la humanidad tantas personas se han visto representadas ⎯sin darse cuenta⎯ por un colectivo aparentemente ficticio que en realidad refleja parte de su psiquismo. Esta identificación inconsciente es la razón por la que muchas de ellas se han enganchado a este tipo de contenidos audiovisuales.
Cuerpos sin alma
Una de las expresiones más utilizadas para describir a la sociedad actual ⎯completamente enajenada y alienada⎯ es la de «muertos vivientes» o «zombis». Y no es para menos. Esta palabra procede del criollo haitiano y significa «cuerpos sin alma». Es decir, individuos deshumanizados, que están muertos en vida y que caminan por inercia. Que se mueven como autómatas, sin consciencia y desconectados de su verdadera esencia. Que no utilizan el cerebro ⎯no piensan ni reflexionan⎯, sino que se mueven por impulsos y reacciones. Que carecen de empatía, compasión y amor. Que no se puede razonar con ellos. Que van siempre en manada y siguen al rebaño. Que son voraces e insaciables. Que no contribuyen, no suman ni aportan ningún valor. Que no buscan curación. Y que no paran hasta que literalmente revientan…
Otro de los rasgos predominantes de los zombis es su aversión hacia los vivos. Pero a diferencia de lo que sucede en la ficción, en el mundo real no tratan de devorar sus cerebros; los atacan con juicios y críticas despiadados. No soportan la vitalidad ni la felicidad ajenas. Quizás por eso es que el adjetivo «vividor» sigue teniendo tantas connotaciones negativas y peyorativas… Es como si vivir plenamente fuera un pecado imperdonable en un mundo en el que la mayoría no sabe cómo hacerlo.
Movidos por la amargura, los walking dead envidian en secreto a quienes les van bien las cosas y disfrutan de la vida. De ahí que suelan mirar con desprecio y recelo a las personas genuinamente felices, lanzándoles frases envenenadas llenas de ironía y sarcasmo como: «¡Qué bien vives, ¿no?!» Estas palabras son dardos disfrazados de humor. Y su objetivo es despojar de alegría a quien aún la conserva. Intentan apagar en los otros la chispa de luz que no logran encender en su interior y poder así justificar su propia oscuridad. Así que ten cuidado: en presencia de un muerto viviente que no se note tu felicidad. Cada vez que te cruces con uno de ellos, disimula. Recuerda que solo van a por los vivos. Y en caso de que te pregunten cómo estás, pon cara de cansado y simplemente di: «Tirando, ¿y tú?»
Te mueres en vida no cuando tu corazón deja de latir,
sino cuando tus días se convierten en una tediosa
y monótona rutina de acciones sin alma.
ANTONIO GALA
*Este artículo es un extracto de mi libro “Ser feliz es fácil. El método más simple para disfrutar de la vida”.