Las cadenas del resentimiento

Gran parte de tu infelicidad se debe a tu egocentrismo. Es decir, a querer que la realidad siempre te beneficie y nunca te perjudique. Esta es la razón por la que cada vez que una persona o una situación no se adecua a tus necesidades, deseos o expectativas reaccionas mecánicamente, tomándote otro chupito de cianuro. Y fruto de tu mentalidad victimista culpas a dicho estímulo externo, totalmente convencido de que es el causante de tu perturbación y sufrimiento. Pero, ¿es eso del todo cierto?

Piensa nuevamente en esa persona a la que ahora mismo le sigues guardando rencor. ¿Qué es exactamente lo que (te) hizo? Trata de separar el hecho objetivo ⎯lo que ocurrió realmente⎯ de la historia egocéntrica y subjetiva que te has venido contando en tu cabeza. Para lograrlo es fundamental que dejes las emociones a un lado, si es que eres capaz de conseguirlo en estos momentos. En función de lo identificado que estés con el ego ⎯y de lo enganchado que estés con tu propio relato victimista⎯, puede que te sea imposible disociar lo uno de lo otro. De ahí que tu versión de lo que sucedió esté distorsionada por tu dolor.

Independientemente de lo que pasara entre vosotros, el «otro» es responsable de las decisiones que tomó, de las cosas que dijo y de la forma en la que se relacionó contigo. Puede que (te) gritara, (te) insultara, (te) robara, (te) traicionara o lo que fuera que (te) hiciera… Esa es su parte de responsabilidad. De alguna manera, fue un estímulo externo para ti. Ahora bien, la forma en la que tú reaccionaste frente a lo que ocurrió es cosa tuya. Dependió de muchos factores. Entre otros de tus traumas de infancia. De tu estado de ánimo. De tu grado de comprensión…

El sinsentido de la ira

Lo que al ego le cuesta mucho de comprender es que la semilla de la ira que manifestaste en su día ya estaba en tu interior. Floreció reactivamente desde dentro como consecuencia de pensar que eso que sucedió fue «injusto» y que «no debería de haber sucedido». Y debido a tu victimismo también culpaste al otro de lo que sentiste. Sin embargo, en última instancia tú eres el único responsable de tus emociones. Al afrontar la misma situación, otra persona con más sabiduría no se hubiera enojado como tú. Habiendo pasado lo mismo que pasó, hubiera encontrado la manera de mantenerse serena y ecuánime, sin dejarse secuestrar por pensamientos neuróticos ni arrastrar por reacciones emocionales.

El hecho de que hayas sido víctima en alguna situación no quiere decir que tengas que serlo para siempre. De ahí la importancia de que integres y sueltes lo vivido en vez de aferrarte al dolor. Además, ¿qué sentido tiene enfadarse y sufrir por las decisiones y el comportamiento de otras personas? El hecho de que tú sufras es completamente inútil. No sirve para nada. Ni cambia la situación ni resuelve el problema. Tan solo te hace daño a ti, envenenando tu mente y tu corazón con más cianuro. Nuevamente, tu perturbación es fruto de tu ignorancia, tu inconsciencia y tu reactividad. Pero al seguir yendo de víctima por la vida en ningún momento te haces cargo de tu parte de responsabilidad. Prueba de ello es que sigues creyendo que el dolor que sentiste en relación a lo que pasó es culpa del otro. Y una forma muy neurótica de castigarlo ⎯o mejor dicho, de castigarte a ti mismo⎯ es a través del odio y del rencor.

Sentir resentimiento por alguien se asemeja mucho a encerrar a tu agresor en una mazmorra. Piensas que así lo estás castigando por el sufrimiento que te causó. Y de tanto en tanto vas a visitarlo, recordándole lo mucho que lo desprecias por lo que te hizo. En muchas ocasiones no puedes dejar de rumiar una y otra vez sobre el daño que esa persona te generó, provocando que el odio fluya nuevamente por tus venas. El rencor te obsesiona con los errores ajenos, volviéndote ciego a los tuyos propios. Al ego le cuesta enormemente olvidar y perdonar una ofensa ⎯ya sea real o imaginaria⎯, para poder así alimentar su deseo de venganza. Y con él, seguir apoderándose de tu atención sin que te des cuenta.

La paradoja del rencor es que te lleva a apuñalarte a ti mismo esperando que el otro sienta dolor. Sin embargo, al primero y al único al que hace sangrar es a ti. Y llega un momento en que te das cuenta de que quien en realidad está encerrado eres tú. Tú eres el verdadero prisionero del resentimiento, no el otro. Y hasta que no cuestiones tu versión tan victimista de los hechos ⎯y sueltes el rencor a través del perdón⎯ seguirás encadenado al dolor que tú mismo sigues reviviendo una y otra vez en tu mente. Perdonar es la llave que te libera para siempre de las cadenas del resentimiento. Parece que lo haces por el otro, pero a quien beneficia es a ti.

La ira es un veneno que uno toma esperando que el otro muera.
WILLIAM SHAKESPEARE

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