Esclavos de la reactividad

Cada día has de lidiar con situaciones inesperadas, muchas de las cuales detonan inconscientemente tu reactividad. Cuando tan solo sale agua fría de la ducha porque se ha roto la caldera, reaccionas. Cuando coges el tetrabrik de leche de la nevera y resulta que alguien lo ha dejado vacío sin reponerlo, reaccionas. Cuando lees en el periódico que el Gobierno ha decidido volver a subir los impuestos, reaccionas. Cuando el coche de delante para de golpe y tienes que pegar un frenazo para no chocar contra él, reaccionas. Cuando en una reunión tu jefe señala varios errores del informe en el que has estado trabajando, reaccionas.
Cuando tu pareja no escucha lo que estás diciendo porque está distraída con su teléfono móvil, reaccionas. Cuando le pides a tus hijos varias veces que se laven los dientes y no te hacen ni caso, reaccionas. Cuando un amigo te cancela a última hora el plan que con tanta ilusión habías montado, reaccionas. Cuando algún miembro de tu familia hace un comentario inapropiado sobre algún tema que te toca la fibra, reaccionas.
Cuando saludas amablemente a un vecino y te ignora por completo, reaccionas. Cuando un usuario deja un comentario negativo sobre una publicación tuya en redes sociales, reaccionas. Cuando te llega una carta del Ministerio de Hacienda informándote de que tienes que pagar un recargo por una sanción que desconocías, reaccionas. Cuando el servicio de atención al cliente de una compañía telefónica no es capaz de resolver tu problema, reaccionas. Cuando te encuentras atrapado en un atasco de tráfico y llegas tarde a una cita importante, reaccionas… Si observas detenidamente tu comportamiento, te darás cuenta de que en su mayor parte es completamente reactivo.
Reacción es igual a perturbación
Vives encerrado en una cárcel psicológica llamada «reactividad». Tú no elijes manifestar este tipo de reacciones emocionales. Se disparan de forma automática sin pasar por un filtro racional y un proceso de decisión consciente. Y al ser esclavo de tu reactividad te conviertes en un esclavo de tus circunstancias. Esta es la razón por la que desde tu mentalidad victimista quieres que cambie la realidad en vez de aprender a modificar la forma en la que respondes frente a ella. Más que nada porque sigues creyendo que la causa de tu sufrimiento está fuera en vez de dentro.
Si te fijas atentamente, descubrirás que cada reacción suele venir acompañada de perturbación, especialmente en forma de enfado, rabia o ira. A nivel bioquímico es como si te tomaras un chupito de cianuro. Literalmente envenena tu organismo. Cada reacción-perturbación altera tu estado de ánimo, poniéndote de malhumor. Y te lleva a adoptar actitudes y conductas perjudiciales tanto para ti como para quienes te rodean. Tocas el claxon enfurecido. Te quejas de forma infantil. Propicias insultos con vehemencia. Maldices tu mala suerte. Te pones a la defensiva. Amenazas con los ojos inyectados en sangre. Protestas acaloradamente. Te pegas un susto de muerte. Sueltas alguna bordería. Pierdes los papeles.
También niegas con la cabeza compulsivamente. Refunfuñas y murmuras en voz baja. Juzgas despiadadamente. Cuelgas el teléfono de mala leche. Lloras desconsoladamente. Hablas con tono sarcástico o con desdén. Te cruzas de brazos y frunces el ceño. Te quedas en silencio de manera pasivo-agresiva. Gritas para hacerte escuchar por encima de los demás. Suspiras exageradamente para mostrar tu disconformidad y tu descontento. Das un sonoro portazo al salir de una habitación… Sea lo que sea que hagas cuando reaccionas jamás aporta nada positivo ni constructivo. Lo único que hace es empeorar las cosas.
¿Por qué reaccionas?
Reaccionar y perturbarte cada vez que algo inoportuno sucede no cambia la realidad, pero sí tu estado de ánimo. Y entonces, ¿por qué sigues reaccionando? Este encarcelamiento psicológico tiene tres causas fundamentales. La primera es biológica. Como hemos visto anteriormente, tu instinto de supervivencia está programado genéticamente para que reacciones impulsivamente frente a determinados estímulos externos, preparándote así para atacar o huir. Es la forma en la que tu cerebro reptiliano intenta protegerte de potenciales peligros y amenazas.
La segunda causa de tu reactividad es neurológica. Fruto del estrés crónico que padeces por vivir en modo supervivencia, tu sistema nervioso suele estar gravemente afectado por niveles muy elevados de cortisol. Esto provoca que estés más susceptible, más tenso y más descentrado. De ahí que saltes o explotes emocionalmente con mucha más facilidad. En paralelo vas creando inconscientemente una red neuronal, según la cual muchas veces tu desproporcionada reacción no tiene tanto que ver con el estímulo que a priori la ha detonado, sino con el historial de experiencias pasadas vinculadas con dicho acontecimiento.
Y la tercera causa de tu reactividad es mental. Tiene que ver con la interpretación subjetiva que haces de una situación en concreto. Es decir, con lo que piensas acerca de lo que ocurre en un momento dado. Si percibes un comentario como un ataque personal reaccionarás impulsivamente y te perturbarás. Si en cambio lo percibes como una oportunidad para aprender y mejorar, no solo responderás de forma pacífica y asertiva, sino que además preservarás tu bienestar emocional. Lo cierto es que gran parte de tu sufrimiento se debe al hecho de que sueles malinterpretar lo que sucede por medio de historias mentales disociadas de la realidad.
En definitiva, tu nivel de reactividad es directamente proporcional al tamaño de tu ego y a tu grado de inconsciencia. Cuanto más dormido estás, más vives con el piloto automático puesto. Y por tanto, más reactivo te vuelves. A su vez, cuanto más traumado estás, menos autoestima tienes y más inseguro te sientes, lo que te lleva a ser más susceptible y vivir más a la defensiva, volviéndote todavía más reactivo. Al fin y al cabo, tu hiperreactividad pone de manifiesto tu incapacidad para autorregularte emocionalmente de manera efectiva. Es sin duda el gran aliado de tu victimismo y de tu infelicidad.
La reactividad es una prisión con barrotes invisibles
creada por las sombras de tus heridas no sanadas.
GABOR MATÉ
*Este artículo es un extracto de mi libro “Ser feliz es fácil. El método más simple para disfrutar de la vida”.