La felicidad no es lo que crees

Difteria. Tétanos. Sarampión. Rubeola. Varicela… Los seres humanos hemos erradicado muchísimas enfermedades de la faz de la tierra. Sin embargo, a pesar de los increíbles avances médicos y tecnológicos hay una que todavía se nos resiste. Y que se está propagando como la pólvora. Se trata de la «enfermedad mental», la cual afecta el pensamiento, el comportamiento y el estado de ánimo de cada vez más personas. Y es muy fácil de reconocer, pues su principal síntoma es la «infelicidad». Es decir, una sensación de malestar y desasosiego interior que te impide disfrutar del momento presente.

Actualmente, se estima que el 30% de los adultos en España padecen de estrés o ansiedad crónicos, lo que a menudo causa bajas laborales temporales o indefinidas. En paralelo, el 20% ha sido diagnosticado con algún trastorno mental, el cual les dificulta llevar una vida emocionalmente funcional. Y el 7% sufre de depresión, perdiendo la motivación para querer seguir viviendo. Es decir, que según los datos oficiales más de la mitad de la población española reconoce estar atrapada ⎯de alguna manera u otra⎯ en la telaraña del sufrimiento.

Lo mismo sucede en el resto de países occidentales, donde dos de cada 10 personas consumen ansiolíticos o antidepresivos a diario. Por otro lado, cada año se cometen unos 800.000 suicidios en todo el mundo, lo que pone de manifiesto la decadencia de nuestra civilización, así como el gigantesco vacío existencial que asola a nuestra especie. Irónicamente, el nivel de autoengaño e hipocresía de nuestra sociedad ha llegado hasta tal punto que según varias encuestas más del 80% de los españoles declara abiertamente ser feliz, puntuando de media su felicidad en más de un 7,5 sobre 10. Estos datos solamente corroboran dos cosas: que socialmente está mal visto ser infeliz y que en general la gente no es sincera sobre su bienestar.

Un problema semántico

No sé cuál es tu experiencia de vida hasta ahora, pero seguramente tú también hayas sentido ⎯en más ocasiones de las que te gustaría reconocer⎯ que no es nada fácil ser feliz. Curiosamente, una de las principales causas de tu infelicidad reside en algo tan absurdo como la semántica. Es decir, en el significado erróneo que le has venido dando a la palabra «felicidad», sin duda alguna una de las más corrompidas del vocabulario. Tanto es así, que lo más probable es que aún la ubiques en el lugar equivocado: fuera de ti mismo.

Y no es para menos. El sistema en el que vives te ha inculcado la idea de que la felicidad es un objetivo, una meta, una aspiración… Prueba de ello es que el diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE) define la felicidad como «el estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien». Esta definición asume que eres un ser vacío e incompleto, por lo que para ser feliz debes lograr, adquirir o conseguir algo que todavía no tienes.

Esta concepción distorsionada de la felicidad ⎯tan arraigada en la cultura occidental⎯ es lo que te ha llevado a buscarla inconscientemente en personas, situaciones y cosas externas. Y a conformarte con sucedáneos como el placer, la diversión o la euforia, los cuales te aportan una gratificación tan efímera como superficial. Esto es precisamente lo que promueve el «hedonismo»: una filosofía de vida que proclama la búsqueda de placer como el fin supremo de tu existencia.

El lado oscuro del hedonismo

El hedonismo parece atractivo desde fuera, pero tiene un lado oscuro. Dado que nada de lo que obtienes y consumes puede llenar tu agujero interior, con el tiempo te vuelves adicto a cualquier cosa, sustancia o persona que te evada temporalmente de tu malestar interno. Y cada vez necesitas de una dosis mayor para seguir parcheando tu dolor. Esta es la razón por la que las personas hedonistas siempre quieren más, lo que inevitablemente les lleva a caer en las garras de la gula, la codicia y la opulencia. Y al quererlo todo ya, también terminan siendo presas de aburrimiento, la impaciencia y la frustración.

Paradójicamente, la creencia de que serás feliz cuando satisfagas alguno de tus deseos te convierte en alguien cada vez más desdichado. Esencialmente porque muchos de ellos jamás se hacen realidad. A su vez, te lleva al convencimiento de que ahora mismo ⎯aquí y ahora⎯ te falta algo para gozar del bienestar que tanto anhelas. Y peor aún: dado que piensas erróneamente que ese «algo» es totalmente ajeno a ti, también te lleva a creer que estás vacío por dentro y que es imposible que seas feliz por ti mismo.

Sin embargo, nada ni nadie pueden hacerte feliz. Más que nada porque la verdadera felicidad procede de dentro. Basta con mirar la etimología de las palabras para entenderlo. Sin ir más lejos, «bienestar» significa «estar bien con uno mismo». Así de simple. Por su parte, «felicidad» procede del latín «felicitas», que quiere decir «estado interno de satisfacción plena», el cual es independiente de cómo sean tus circunstancias externas. No se encuentra en el tener, sino que es uno de los atributos esenciales de tu ser. Más que un objetivo, la felicidad es el resultado de armonizar tu cuerpo, tu mente, tu espíritu y tu sistema nervioso.

Todas las personas tienen lo necesario para ser felices,
pero muy pocas saben ser felices con lo que tienen.
GERARDO SCHMEDLING

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