El cultivo de la espiritualidad

No sé si te ha pasado a ti también, pero en la medida en que vas cumpliendo años algo se despierta en ti. Sientes una llamada desde adentro. Y lo trascendente comienza a gozar de mayor relevancia. De hecho, a lo largo de la historia de la humanidad siempre ha habido místicos que se han aislado voluntariamente de la sociedad para acercarse a su dimensión espiritual. No es casualidad que Siddharta Gautama, Buda, se iluminara meditando bajo un árbol. Que Jesús de Nazaret se retirara durante 40 días en el desierto antes de iniciar su revolución. O que Sri Ramana Maharshi renunciara al mundo y se fuera a vivir solo a una montaña…

Los retiros de solitud son la puerta de entrada para el cultivo de tu vida interior. Y el contexto idóneo para trabajar el autoconocimiento y la autoindagación, de manera que puedas responder vivencialmente a la pregunta «¿quién soy?». Lo cierto es que nada de lo que digas con palabras acerca de ti puede definir tu auténtica identidad. Conocerte a ti mismo no es un proceso racional, sino más bien un viaje espiritual. De ahí que sea imprescindible que te adentres en el silencio, la meditación y la contemplación. Observar con atención plena la mente, desidentificarte de los pensamientos, respirar conscientemente y vivir en el presente son la forma más directa de ir más allá del ego y reconectar con tu verdadera esencia.

En última instancia, meditar no es más que tener el valor de estar a solas y en silencio contigo mismo, acogiendo y abrazando cualquier pensamiento y emoción que emerja desde dentro. El reto consiste en aprender a observarlos y a no identificarte con ellos. Al principio se trata de una experiencia que te confronta con todos tus miedos y apegos inconscientes. Es bastante habitual sentir aburrimiento, ansiedad, angustia y soledad. Por eso lo normal es que te engañes a ti mismo, autoconvenciéndote de que no tienes tiempo para meditar. Sin embargo, a base de cultivar este estado de consciencia poco a poco vas percibiendo cómo la mente se evapora, los pensamientos se esfuman y las emociones se disipan… Hasta que no queda ni rastro del yo ilusorio con el que sueles estar tan identificado. De alguna manera tú como meditador desapareces en la meditación.

Vaciarse de ego

Si te tomas en serio esta indagación hacia tus profundidades, llega un momento totalmente aterrador y liberador a partes iguales. De pronto notas física y psicológicamente cómo empieza a desvanecerse la máscara que te pusiste inconscientemente para adaptarte a la sociedad. La solitud te lleva a vaciarte de ego, observando en tercera persona cómo comienza a disiparse lo impostado y condicionado que te ha venido limitando. Lo que creías que era tu identidad se va deshaciendo como la cera. Si eso sucede estate tranquilo, pues aquello que puede desaparecer merece la pena que desaparezca. No es tuyo. No eres tú. No tiene que ver contigo. De hecho, tú eres aquello que permanece una vez que ha desaparecido lo falso.

Y para tu asombro, te das cuenta de que dentro de ti no hay nadie ni nada, tan sólo un espacio vacío. Al desidentificarte del personajazo que te habías montado comprendes que lo que eres en esencia -por ponerle una palabra- es «consciencia», la cual es sinónimo de «ser», «presencia» y «espíritu». Es tu verdadera naturaleza, lo que queda cuando pelas todas las capas de la cebolla psicológica con la que te has venido enmascarando y protegiendo. En ese estado eres, pero no hay ningún yo que reivindique dicha identidad ni que reclame ninguna autoría. Se trata de una consciencia-testigo neutra e impersonal desde donde se observa todo lo que acontece sin identificarse ni involucrarse con nada de lo que ocurre. A este suceso también se le conoce como «metacognición». Es decir, «ser consciente de que se está siendo consciente».

Llevar una vida espiritual pasa por integrar la solitud y el silencio en tu existencia cotidiana, creando las condiciones para vivir interiormente conectado. Es entonces cuando comienzas a sentirte en paz contigo mismo y a reconciliarte con la existencia. Cuanto más conectado estás, menos solo te sientes. Y viceversa. De ahí que empieces a percibir la sensación de soledad como un indicador de desconexión interna, no como un motor para buscar compañía fuera.

Gracias al cultivo de la espiritualidad adquieres una percepción mucho más sabia de la realidad, viendo la vida como lo que genuinamente es: un continuo proceso de aprendizaje en el que todo el tiempo está sucediendo lo que tiene que suceder para que sigas aprendiendo, creciendo y evolucionando. Los místicos resumen esta revelación mediante el mantra «todo es perfecto». Lejos de ser una nueva creencia, se trata de una experiencia empírica profundamente transformadora. Y se sabe que las has vivenciado porque se instala en ti de forma permanente una sonrisa interior, la cual simboliza la complicidad que a partir de entonces mantienes con la existencia.

A partir de los 40 años todos los problemas psicológicos y
todas las enfermedades mentales tienen una misma causa: la falta de espiritualidad.
CARL GUSTAV JUNG

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